El amor es finito. Se extingue como la llama de un cirio cuando termina
de consumirse su cera, durante unos instantes parece que sigue
alumbrando por la incandescencia del hilo, pero está condenado a la
desaparición finalmente. El hombre ha partido históricamente de la
tesis, falsa, de que el amor es eterno, y es por este error primitivo
por el que no logra alcanzar la felicidad completa durante su vida. Hay
ocasiones en las que, fruto de azares caprichosos, dos personas pueden
conocer el amor imperecedero, pero se trata de una contingencia ínfima,
altamente improbable, demasiado próxima a la propia imposibilidad para
otorgarle valor alguno.
El amor se agota. Se acaba como el vino de un odre que, en pequeñas dosis, se engulle para saciar la sed hasta que nada queda; entonces no hay más alternativa que buscar otra bota de la que beber, otro amor para calmar la sed que comienza a dominarte. Y es que el amor es un juego de dardos y flechas ante el cual hasta los dioses terminan rendidos.
El amor se agota. Se acaba como el vino de un odre que, en pequeñas dosis, se engulle para saciar la sed hasta que nada queda; entonces no hay más alternativa que buscar otra bota de la que beber, otro amor para calmar la sed que comienza a dominarte. Y es que el amor es un juego de dardos y flechas ante el cual hasta los dioses terminan rendidos.
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